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Operación o gobernanza: el equilibrio más difícil para cualquier empresario

Quise escribir sobre este tema porque, iniciando el año, muchas empresas programan reuniones para revisar qué aspectos deben mejorar respecto del período anterior y en ese ejercicio se hace evidente algo que atraviesa la vida cotidiana de las organizaciones: existe una tensión silenciosa que pocas veces se nombra, pero que incide en casi todas las decisiones importantes: el equilibrio entre ocuparse del negocio que permite subsistir y ejercer una gobernanza real que permita sostener y proyectar la empresa en el tiempo.

Muchos empresarios no fracasan por falta de talento, de clientes o de esfuerzo sino porque queda atrapado exclusivamente en la operación, en lo urgente, en lo que no puede esperar que cerrar negocios, vender, cumplir, pagar, responder, resolver. Todo eso sí, es necesario y legítimo porque sin operación no hay empresa. Pero cuando la operación lo absorbe todo, la gobernanza empieza a desaparecer sin que nadie lo note.


La gobernanza empresarial no suele presentarse como una urgencia. No llama a medianoche ni genera una alarma inmediata si se posterga y es por eso que suele quedar relegada. Definir reglas claras, sostener espacios de retroalimentación, alinear decisiones entre socios, revisar estructuras contractuales, anticipar riesgos o cuestionar la forma en que se toman decisiones parece siempre algo que puede hacerse después. El problema es que “después” casi nunca llega.

Muchas empresas creen que tienen gobernanza porque cuentan con documentos, políticas internas o procesos definidos. Sin embargo, la gobernanza no se sostiene solo en lo formal, se sostiene en la coherencia entre lo que se dice y lo que se prioriza, en la presencia real de quienes lideran en las conversaciones que importan y en la capacidad de detener la inercia operativa para pensar el negocio más allá del día a día.


Aquí aparece una confusión frecuente y es creer que gobernar es algo completamente delegable y no, por el contrario la operación, la ejecución y la gestión diaria sí pueden y deben delegarse para que la empresa crezca, pero la gobernanza —la que define el rumbo, los límites y las reglas del juego— no puede trasladarse sin perder fuerza. Cuando los dueños no están en los espacios donde se discuten decisiones estructurales y se hace retroalimentación, el mensaje que se transmite no es neutro: se enseña, incluso sin quererlo, qué importa y qué no.


Con el tiempo, esa ausencia tiene efectos visibles. Las políticas se vuelven decorativas, los equipos dejan de hablar con franqueza y empiezan a ver esos espacios como una pantomima, las decisiones se fragmentan y los riesgos comienzan a acumularse sin gestión. No por mala fe, sino por falta de dirección clara. Entonces aparecen los síntomas: reprocesos, tensiones internas, conflictos entre socios, desgaste humano y, en muchos casos, problemas legales que pudieron haberse evitado.

El verdadero desafío del empresario no está en elegir entre operar o gobernar, sino en aprender a hacer ambas cosas sin que una devore a la otra. Gobernar no significa desconectarse del negocio ni perder control, significa elevar la mirada, reservar tiempo para pensar, no solo para ejecutar, estar presente en las conversaciones que fijan reglas, incluso cuando no son cómodas y asumir que el corto plazo no puede decidirlo todo si se quiere construir algo sostenible.


Este equilibrio no se logra de un día para otro. Es un aprendizaje progresivo que suele darse en medio de la marcha, pero cuando empieza a consolidarse, la diferencia es clara: menos improvisación, decisiones más coherentes, equipos más alineados y riesgos mejor contenidos. La empresa deja de depender exclusivamente de la energía del dueño y comienza a sostenerse en estructuras más sanas.

Muchas empresas no tienen problemas de negocio, tienen problemas de gobernanza no atendidos a tiempo y casi siempre la causa es la misma: lo urgente desplazando sistemáticamente a lo importante.


Entender esta tensión, asumirla sin culpa y gestionarla con conciencia es uno de los pasos más relevantes en la madurez empresarial. Porque una empresa puede sobrevivir mucho tiempo operando bien, pero solo se sostiene en el tiempo cuando alguien asume, de manera consciente, el rol de gobernar.


Que el 2026 sea un año de decisiones conscientes. Aun con las dificultades que supone mantener una empresa a flote, no perdamos de vista que como empresarios tenemos una oportunidad enorme: generar trabajo, atravesar los retos con criterio y construir crecimiento sostenible.


Desde Paola Villegas Abogados, acompañamos ese proceso con visión jurídica estratégica, para que las decisiones de hoy no se conviertan en los problemas de mañana. Crecemos con tu empresa, porque gobernar bien también es una forma de cuidar lo que se ha construido.

 
 
 
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